Una nube de frío lo cubrió todo. Avanzó lentamente ante la sorpresa de mis ojos que, incrédulos, dejaron de precisar un punto en el horizonte para encontrarse desorientados.
Mi piel endureció y mi lengua buscó el agua que parecía inundar mi aliento. Aquella blancura tenía un olor particular que desconocía, uno que dolía de lo dulce que era.
Es el relato de una tarde de invierno, un día cualquiera, en el que el mar se cubrió sin aviso y en el que el sol se convirtió en una nube de luz dispersa.
Los pétalos blancos de los escasos almendros se refugiaron en el silencio.
Y yo, continúe mi camino.
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